El universo de Remedios Varo

Olvidada por la tierra que la vio nacer, exiliada de todas partes, opacada por los pintores del movimiento surrealista: así ha tratado la historia a una de las artistas españolas más enigmáticas y brillantes. Remedios es una de muchas pintoras que, tras décadas en segundo plano, son “descubiertas” a posteriori. Ahora, nos toca compartirla con México, que la reivindica como suya, y con razón, pues fue allí donde desarrolló gran parte de su obra y donde permanecen la mayoría de sus pinturas.

Nació en Anglès, en 1908. Fue de las primeras mujeres en ingresar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, pasando el examen con tan solo quince años. Durante los años 30 se estableció en Paris para alejarse de la guerra, acompañada de Péret, de quien se enamoraría en Barcelona. Allí se codeó y bebió de los fundadores del movimiento surrealista: el mismo Péret, Bretón, Eluard…, pero sin destacar, como también ocurriría a Leonora Carrington o Dora Maar. La crítica de arte no siempre ha sido justa con mujeres que no tenían qué envidiar a hombres de apellido con más eco.

Remedios pintando en su casa

No obstante, esta primera formación fue determinante para que empezara a desarrollar un simbolismo propio, un universo personal y un discurso visual que dista mucho de otros artistas del movimiento, y que llegará a su plenitud cuando la invasión nazi la lleve a exiliarse a México. Hay quienes, de hecho, prefieren considerarla pintora simbolista antes que surrealista.

Su estilo y lenguaje recibe muchas influencias, tanto de pintores como el Greco o el Bosco (de quienes recogerá esa atmósfera sobrenatural y las figuras estilizadas), como de sus inquietudes por la magia, el esoterismo, la alquimia y el psicoanálisis. Veremos en su obra vestigios de todas esas disciplinas, que conjugan la naturaleza con la experimentación científica, el mundo físico con lo místico.

Mujer saliendo del psicoanalista (1960)

Cada obra suya cuenta con un discurso individual, casi como si narrara un cuento o una fábula sobre la propia naturaleza humana. Aun así, hay muchos símbolos constantes, que proporcionan una unidad al conjunto de su producción, y que proceden directamente de los temas metafísicos por los que sentía debilidad.

La alquimia, por ejemplo, es una de sus principales inspiraciones. Se interesó mucho por una ciencia que, más allá de la transmutación de metales en oro, buscaba comprender los principios constitutivos del universo. En realidad, el oro simbolizaba la perfección, pero no solo a nivel químico, sino que se refería a la perfección espiritual. Lo que Varo nos relata es ese desarrollo individual, equiparable a la transformación de la materia.

Hay infinidad de símbolos, pero destacamos dos fundamentales para comprender la narrativa de sus pinturas: el viaje y la torre. Son dos caras de la misma moneda, las vías para alcanzar el conocimiento y esa plenitud anterior.

“En su imaginario pictórico, la intimidad de la torre (introversión) y la actividad viajera (extraversión) constituyen rutas paralelas que se conjugan en el conocimiento del sí mismo y del mundo”, resume Alma Barbosa.

Vemos obras protagonizadas por vagabundos, peregrinos, caminantes por caminos inhóspitos, a veces con la casa a cuesta, significando tanto la libertad como el arraigo. Ese viaje exterior es metáfora del viaje íntimo, de la introspección, que hace el individuo al crecer hasta llegar a una “perfección”. Es, no obstante, un viaje solitario y silencioso el del autoconocimiento.

No es raro ver que combine esto con la torre. Esta es a su vez metáfora del conocimiento, pues es entre las paredes de un espacio íntimo donde se puede dar rienda suelta a la creatividad, tanto para el arte como para la comprensión del mundo. Vemos torres donde se juega con los astros, con elementos de la naturaleza, con la música, con la pintura… ahí dentro se gesta el conocimiento.

Remedios moriría a los 55 años de un infarto de miocardio, habiéndonos dejado una inmensa producción, tanto en cantidad como en significado. “El surrealismo reclama toda la obra de una hechicera que se fue demasiado pronto”, escribiría Bretón tras su muerte.

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