En todo relato siempre se repiten una serie de elementos, que han pervivido desde que el ser humano es capaz de contar historias. Estos son el héroe, el antagonista y la lucha. Son el motor de la narración, lo que hace que lo estático adquiera movimiento y, como una máquina puesta a punto, haga avanzar la acción de forma trepidante. Al ser humano le gusta contar relatos, y son sin duda la mejor forma de persuadir.
Los totalitarismos del siglo XX fueron hábiles para usar estos elementos como recursos retóricos, aunque no se quedan solo en la persuasión. Un régimen en el que una persona o partido acumula todos los poderes del Estado se inmiscuye en la democracia de forma sutil y paulatina, disfrazado de otra cosa, como ocurrió en los años 20 en Italia, Alemania o en la Rusia de Lenin. Los discursos que usaban se convirtieron en herramientas de manipulación calculada, cuyos mecanismos funcionaban siempre de la misma forma: con la forma del mesianismo político.
Las caras del totalitarismo
Tomemos el caso de la Alemania nazi. Encontraremos un país derrotado, con unos niveles de inflación con los que “el dinero había dejado de tener valor y en muchos casos hubo de procederse al pago con especie” (Comellas, 1998, p.280), y que además debía pagar una suma de 1500 millones de dólares anuales a los vencidos. Un país humillado y resentido, sumido en el paro y el hambre. Este clima de conflicto identificaba un responsable claro: el Tratado de Versalles, y por extensión Francia e Inglaterra. El liberalismo burgués de occidente y el exhausto pueblo germano; los opresores y los oprimidos. El binomio perfecto para insertar un relato épico.
En este clima de conflicto, aparece como descendiendo de los cielos un personaje fundamental: el salvador. Adolf Hitler, hijo de un aduanero de Barnau, llegó al poder de forma democrática, con 288 diputados en las elecciones de 1933, tomando este discurso victimista de opresores y oprimidos y mostrándose como la salvación de Alemania. El líder que salva a su pueblo.
¿Qué pueblo? Este elemento de la narración resulta fundamental: es en torno a lo que se sustenta la ideología del partido. En los regímenes autoritarios se diluye el límite entre partido y pueblo, se funden en un mismo ente, pero con “pueblo” no nos referimos a todos los ciudadanos alemanes. El verdadero pueblo alemán es el que define su identidad por la negación de la otredad, de aquello que no se quiere ser.
Los jóvenes, sanos, fuertes, trabajadores… esos son los elegidos para ser salvados, los que en un tímpano medieval estarían a la derecha del pantocrátor. Hitler en el centro y su ejército de hombres de pelo rubio y ojos azules a la derecha. Todo lo demás merece ser condenado, y el propio régimen sería el ejecutor de la sentencia: viejos, católicos -el nazismo era profundamente anticlerical-, gitanos, judíos.
Tímpano de Santa Fe de Conques
El verdadero pueblo alemán, eugenésico, ateo y trabajador, no sabe de individuos, solo de el nosotros y la colectividad. Se comporta como un rebaño, tanto por su inconsciencia como por su carácter gregario. No se necesitan hombres cultivados, merced a las quemas de libros que todos recordamos de las películas, sino una masa informe en la que cada uno es igual de reemplazable que su vecino. Todos son uno, y nadie es él mismo.
El Fürher, amado líder que hace el voto cuasi sagrado de salvar a los suyos, no es otro que la personificación del espíritu de la colectividad. El wolkgeist del que hablaba el romanticismo alemán se convierte en otra cosa, en una fuerza inmortal que vive en el conjunto de los alemanes y se expresa mediante la dextra dei de Hitler.
Mujeres y niños saludando al Führer
Ya tenemos todos los elementos del drama: nuestro héroe salvador, el enemigo al que derrotar para liberar a los suyos. Solo nos falta la lucha, la travesía por el desierto hasta alcanzar la tierra de la que mana leche y miel. El proyecto de construir una nueva Alemania desde las cenizas que había dejado la Primera Guerra Mundial culmina con la victoria del III Reich sobre los enemigos de la nación.
Alemania inicia así su camino a la guerra, mediante la industrialización, el rearme y el reclutamiento masivo. Todo lo que ponía en marcha la golpeada economía alemana y que daba a los padres la seguridad de poder mantener a sus hijos, de saber que iban a estar cuidados bajo el manto protector del Fürher, convenció a muchos de las bondades del nacionalsocialismo.
Esta es la forma en la que se monta el cuento de la manipulación, siempre los mismos elementos y el mismo final. Los populismos y el radicalismo del primer cuarto de nuestro siglo usan los mismos mecanismos, da igual que sea contra la “casta” o los “progres” porque lo esencial es mostrarse como la víctima de un opresor enemigo, y ofrecer la promesa de una salvación al alcance de la mano. Al ser humano le gusta contar relatos, porque como dice la canción “con un poco de azúcar, la píldora pasará mejor”.
Fuentes:
J. L. Comellas. (1998). Historia breve del mundo contemporáneo. Madrid: Ediciones Rialp.
El Diálogo de la lengua (ca. 1535) de Valdés es una obra que se aproxima a la questione della lingua, la controversia sobre el uso de las lenguas vulgares en Italia, cuyo debate había suscitado la publicación de De vulgari eloquentia de Dante. Valdés, adoptando una forma de prosa didáctica como es el diálogo, se propone hacer una obra en la que explicar los principios de la lengua castellana, tanto su origen como las reglas que él considera apropiadas para su manejo.
Su obra está influida por el erasmismo, con el que tuvo un primer contacto en la Universidad de Alcalá, donde estudió artes liberales y que se había convertido «en un foco de irradiación de las doctrinas de Erasmo»[1]. La defensa que hace en el Diálogo responde a un «fin eminentemente práctico conciliando en sus sistema la política imperial, la doctrina de Erasmo y la religiosidad reformista»[2], motivo por el que escoge el formato pedagógico del diálogo y por el que la puesta en valor del castellano se hace desde una perspectiva renacentista.
El cómo hace esa puesta en valor es lo más significativo de su mensaje, pues insiste en que el ámbito de la lengua vulgar es el uso común. Es en el habla donde el castellano se forma y evoluciona, y por tanto no se lo puede tener en la misma estima que el latín, paradigma de la lengua culta. No obstante, ello no significa que no se la pueda dignificar en tanto lengua vulgar. El objeto de este ejercicio analizar la defensa que hace Valdés del castellano, poniéndola en relación con la otra lengua vulgar mencionada, el toscano, y qué función desempeña en el diálogo la comparación con otra lengua romance.
Erasmo de Róterdam
En una primera aproximación, se puede profundizar en los interlocutores. Valdés escoge un diálogo entre cuatro personajes «para otorgar a cada uno de ellos una función nítidamente delimitada respecto a su aportación al estudio de la lengua»[3]. Encontramos que Valdés se erige a sí mismo como maestro, por su condición de hombre de letras de origen castellano, frente a dos italianos, cada uno con distinto grado de conocimiento de la lengua vulgar, y Pacheco, natural de la lengua, pero sin conocimientos teóricos. Destacamos la figura de Marcio, cuya lengua materna es el toscano, y que está en el mismo nivel de conocimientos lingüísticos que Valdés: no se limita a ser discípulo, sino que entra en polémica y no deja de provocar a este, por ejemplo, con la constante mención de Nebrija:
MARCIO.- Pues Librija…
VALDÉS.- No haya más Librija, por vuestra vida.
MARCIO.- ¡Picasteis! Pues más de otras diez veces os haré picar de la misma manera. (p. 163.[4]
Valdés, Juan de. Diálogo de la lengua
Con estos [5]intercambios, Marcio y Valdés se convierten en rivales dialécticos, casi personificaciones más que meros representantes de castellano y toscano. Intervenciones rápidas como esta introducen la comicidad para aligerar su lección sobre la lengua.
Desde el principio del Diálogo el autor explicita que no se pueden tomar ambas lenguas en la misma consideración por la cuestión de las autoridades. Valdés dirá «he aprendido la lengua latina por arte y libros, y la castellana por uso» (p. 117.), distinguiendo así dos referentes para la adquisición de una lengua. Esta misma distinción la hace más adelante entre el toscano y el castellano: «la tengo [la lengua castellana] por más vulgar, porque veo que la toscana está ilustrada y enriquecida por un Boccaccio y un Petrarca» (p. 119). Deshecha desautoriza numerosas veces la Gramática de Nebrija, arguyendo que como andaluz no tenía un conocimiento adecuado del castellano. Laplana sugiere que el descrédito a Nebrija, más que por el regionalismo, fuese por un conjunto de factores, entre los que se cuenta el rechazo a su obra por parte de otros humanistas como Juan de Maldonado o Palmireno. Sin embargo, tampoco se posiciona a favor de la obra de Pietro Bembo, Prose della volgar lingua, una obra similar, aunque posterior a la nebrisense, cuando dice «a muchos he oído decir que fue inútil su trabajo» (p. 118).
Con ello postula que no se puede hacer una aproximación teórica a las lenguas vulgares en general, sino que el referente ha de estar en obras originales en la misma lengua, pero además niega la existencia de este tipo de autoridades en castellano. Desestima el Amadís, paradigma literario, por intentar imitar el estilo de la época en que sucedió la historia. También será crítico con las Trescientas e incluso con Celestina¸ a quien incluso confiesa admirar en tanto obra. La conclusión de Laplana es que «no existen en lengua castellana modelos equiparables en su riqueza y sofisticación a Boccaccio y Petrarca que puedan servir como autoridad lingüística» (p. 41).
Tras descartar estas autoridades, se limitará a dar una serie de indicaciones de cómo usar correctamente la lengua basándose en el uso que hace él de la misma, es decir, en su criterio personal. De forma indirecta él se convierte en autoridad, fijando lo que es propio o impropio en el uso del castellano siguiendo muchas veces su intuición: «A esso no os sabré dar otra raçón sino que porque assí me suena mejor he mirado que assí escriven en Castilla los que se precian de escrevir bien» (p. 160).
Manuscrito de Madrid (Biblioteca Nacional de España)
La única concesión que hace es al refranero[6], o lo que Jiménez Berrio denomina unidades fraseológicas con fines didácticos e ilustrativos[7]. «Lo mejor que los refranes tienen es que son nacidos en el vulgo» dirá Valdés, y así fija como máxima autoridad en castellana ese «uso común del hablar»[8]. Va más allá cuando incluye también entre sus ejemplos ilustrativos algunos villancicos que recoge de cancioneros. Aunque niega que el verso sea apropiado para aprender una lengua, esta poesía de cancionero sí lo es por su naturaleza popular.
A pesar de estas diferencias en lo literario, en lo diacrónico tienen un nexo común: el origen latino de ambas lenguas. Ambas, con sus respectivas influencias posteriores y evoluciones, cuentan con un amplio número de latinismos, pero Valdés no duda al afirmar que el toscano es más perfecto pues sus voces latinas están menos corrompidas:
« (…) la corrupción de los vocablos ha sido tanta y tan grande, que solo por esto ay algunos que, contra toda razón, porfían que la lengua toscana tiene más de latina que la castellana. (…) hallo que la lengua toscana tiene muchos más vocablos enteros latinos que la castellana, y que la castellana tiene muchos más vocablos corrompidos del latín que la toscana.» (p. 267).
Valdés, Juan de. Diálogo de la lengua
El latín se impone como paradigma de lengua elevada, y servirá de marco de referencia para la puesta en valor tanto de castellano como toscano. De hecho, cuando a Valdés se le pregunta por normas gramaticales, emplea términos de casos latinos (ablativo, dativo y acusativo) debido a que los estudios lingüísticos se habían limitado hasta entonces a las lenguas cultas.
A pesar de ello, no duda en destacar los aspectos en los que el castellano tiene cierta superioridad. El ejemplo más claro es el pasaje que dedica a los vocablos equívocos, a los que resalta como elementos que fomentan la creatividad del hablante, lo que halagarán sus interlocutores italianos. De hecho, se referirá en los siguientes términos a la equivocidad del castellano: «aunque en otras lenguas sea defeto la equivocación de los vocablos, en la castellana es ornamento, porque con ellos se dicen muchas cosas ingeniosas muy sutiles y galanas» (p. 115). Por estos, Valdés entiende tanto palabras homógrafas como homófonas, que ilustra nuevamente mediante coplas y refranes.
En realidad, en este pasaje, no solo hace un elogio a la lengua, sino a la capacidad del español de jugar con el lenguaje, lo que enriquece enormemente el estilo. En este momento Valdés incluye nuevamente la comicidad, cuyo objetivo se alinea con el de los diálogos en general, la de enseñar y entretener. De hecho, esta equivocidad hace que «el humor alcance dimensiones metalingüísticas cuando vemos (…) un pero (conjunción adversativa) convertido en un pero (fruta) que se traga Pacheco»[9].
Alfonso de Valdés, hermano de Juan de Valdés.
Lo que Valdés no pierde de vista es que el Diálogo tiene una función didáctica, y por ello llega a dedicar una parte importante de este en explicar por qué, cuando escribe cartas a italianos, intenta acomodar la ortografía al receptor, italianizando el castellano. Esta puede ser la principal conclusión que se obtiene de analizar por qué Valdés escribe una obra sobre el uso del castellano con interlocutores extranjeros, hábiles en una lengua para la que tampoco reconoce un marco teórico como sí lo había entonces para el latín.
En definitiva, vemos que no hay una comparación como tal entre las dos lenguas vulgares, pero el toscano sirve a Valdés como referencia para elaborar su discurso. Ambas son consideradas iguales en tanto que vulgares, pero establecer sus diferencias es ilustrativo a la hora de dar al castellano identidad propia, tanto en su historia como en su uso. No te limita a poner una lengua por debajo de la otra, sino que la dignifica desde un punto de partida distinto, patente en las autoridades a las que recurre.
Por ello mismo es tan interesante la presencia de más de un interlocutor, con distinto grado de conocimiento de castellano, y que procedan de lenguas maternas distintas. Laplana afirma que «el diálogo posibilita la aparición de matices que otorgan al texto valdesiano una riqueza incomparable»[10].
Retrato de Carlos V
En cuanto a motivos ulteriores que pudiera tener Valdés, encontramos que con su defensa de la lengua castellana está también respondiendo al «símbolo renacentista de una lengua acompañando al Imperio»[11] La idea de una lengua que vaya de la mano de la política imperial de Carlos V cobra fuerza cuando además sabemos que el Diálogo fue escrito en Nápoles, donde el emperador reinaba con el nombre de Carlos IV, y podemos suponer que es allí donde también se ambienta la obra.
Valdés no se limita a hacer una defensa del castellano, sino a elaborar un manual de uso, con sus propias normas gramaticales, ortográficas y estilísticas, y librar así a la lengua de la afectación que viene criticando durante toda la obra. Su máxima «sin afetatión alguna escribo como hablo»[12] resume perfectamente el propósito de dar las indicaciones apropiadas para un uso natural y moderno del castellano. Y además este propósito unificador se alinea con la concepción de Monarquía Universal que se remonta a los Reyes Católicos.
[1] Valdés, Juan de. Diálogo de la lengua ed. E. Laplana, Barcelona, Crítica, 2010, p. 12.
[2] Madrid Gutiérrez, M.ª Dolores “Juan de Valdés y su Diálogo de la lengua. Un testimonio histórico del estado de la lengua española durante el primer tercio del Siglo XVI”, Coloquio 2012 El español y la cultura hispánica en la ruta de la seda, editores María del Pilar Celma Valero, María Jesús Gómez del Castillo y Susana Heikel, Tashkent (Uzbekistán), 2012, p. 89.
[6] Laplana sostiene que aunque su intención no era la de hacer un recopilatorio de refranes, convierte a Valdés en uno de los primeros paremiólogos españoles del Renacimiento (Op. Cit p.51).
[7] Jiménez Berrio, Felipe “El Diálogo de la lengua y el Tesoro de la lengua castellana o española: dos refraneros excepcionales de los Siglos de Oro”, Res Diachronicae, N.º. 8, 2010, p. 30. Berrio destaca que “no solo transmite conocimientos puramente gramaticales, sino que también —aunque no fuera su intención última— claves sociolingüísticas para el buen manejo del idioma en cualquier situación comunicativa y, en definitiva, para un mejor conocimiento de la sociedad española contemporánea del autor” (Ibid. p. 35).