Decamerón, o cómo amenizar la pandemia

Cuando más graciosísimas damas, pienso cuán piadosas sois por naturaleza, tanto más conozco que la presente obra tendrá a vuestro juicio un principio penoso y triste, tal como es el doloroso recuerdo de aquella pestífera mortandad pasada, universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza.

Así empieza la obra maestra de Boccaccio, el padre de la prosa en italiano. En 1384 Europa vivió una terrible epidemia, introducida por las ratas a través de las rutas comerciales con Asia (en este caso, no sabemos si hacían sopa con ellas) y que acabaría con cerca de un 60% de la población.

Escapando de este terrible panorama, diez jóvenes florentinos se exilian al campo, y enmarcados por este locus amoenus, se nos cuenta cómo pasan los días posteriores intentando evadirse contando cada uno un cuento al día, durante diez jornadas.

Una historia del Decamerón, «Isabella y la maceta de Albahaca», de John Everett Millais

Aunque la novedad de Boccaccio no estuvo en la imbricación de una sucesión de historias mediante un hilo conductor, sí que fue una obra innovadora. Si bien la técnica de hilar cuentos bajo un marco principal se remonta a la tradición cuentística oriental, como vemos en obras como el Calila y Dimna o el Panchatantra, que marcaron la pauta de la prosa medieval en toda Europa, el Decamerón fue una de las primeras composiciones que acuñaron el término “novela”.

En su proemio el autor se refiere a cada uno de los cuentos o fábulas que narrarán sus personajes con ese término “novelas”, de hecho, se le dará así sobrenombre a la obra (il libro delle Centonovelle), y sobre principios del S. XV se hará una traducción parcial al castellano, que hoy en día se conserva en el Escorial, titulada así: Libro de las ciento novelas que compuso Juan Bocacio de Certaldo.

Si bien el autor la usaba como sinónimo de cuento, cosa que se hizo hasta el S.XVI, lo hacía siendo consciente de lo que separaba a su obra de las recopilaciones de exempla medievales: un arte de narrar que se anteponía a la finalidad didáctica del texto.

Giovanni Boccaccio, grabado de 1822

Y es que los diez jóvenes dedicarán esos diez días de exilio a contar historias meramente por disfrute, por recreación, poniendo más bien poca atención en la faceta moralizante del cuento. Es por ello por lo que encontramos narraciones con temas que van de lo trágico a lo cómico, de lo reflexivo a lo sensual y erótico. Abundan las metáforas sexuales, los dobles sentidos, las insinuaciones… y escenas algo más explícitas.

Ahora bien, no se trata meramente de “un libro de jóvenes en celo” como lo llamaría Ernesto Filardi (recomendamos encarecidamente leer su artículo). Boccaccio tocará temas reflexivos y más espinosos, como en el cuento del judío Melquisidech, en el que se plantea la cuestión de la religión verdadera. Cuando el judío es cuestionado al respecto, tendrá el ingenio de contar otro cuento (un tercer nivel narrativo, si llevamos la cuenta, y un ejemplo claro de narración en marco) cuyo final… no vamos a desvelar.

Del Decamerón, podemos quedarnos con que, además de que es una lectura muy recomendable para estos días, durante tiempos de epidemias en los que nos ahogamos en preocupaciones y miedos, todavía hay tiempo de encontrar nuestro locus amoenus (quedándonos siempre en casa) y evadirnos como siempre ha hecho el hombre: inventando, contando, viendo y leyendo historias.

Referencias:

Kapuscinski y la otredad

El mundo está dividido, principalmente entre el nosotros y el ellos. Pero el ellos es heterogéneo, es diverso. Lo que es toca a lo que es, en palabras de Parménides, pero lo que separa una civilización de otra, una cultura de otra, es más que una línea fronteriza. Es una forma radicalmente distinta de ver el mundo y de entender al hombre, por lo que no es de extrañar que a veces haya choques.

Kapuscinski lo describe muy bien. Él era corresponsal, la que es considerada la forma más elevada (no juzgamos si justa o injustamente) de periodismo. Su profesión privilegiada, la de narrador de la historia presente, le llevó a conocer prácticamente todo el mundo, y por eso entendió perfectamente lo que significa Otredad: el que no es como yo, el que me es ajeno. El término llega incluso a cosificar a aquellos a quienes designamos, pero parece irremediable caer en algo así. Parece que solo unos pocos sienten un deseo irrefrenable de adentrarse en eso tan desconocido para intentar comprenderlo. Y Kapuscinski llama a los de esa especie reporteros.

Ryszard Kapuściński

El historiador hace una radiografía del pasado a través de materiales que, en palabras de José Luis Comellas, están “ahí”. Pero hacer historia de la actualidad es más complicado, pues es algo sobre lo que no tenemos distancia: está “aquí”. Ese es el hándicap del periodista que está obligado a hacer historia del tiempo presente. ¿Cómo tener esa perspectiva alejada? ¿Cómo evitar la distorsión que provoca estar conviviendo con los hechos? La respuesta puede estar en aproximarse lo más posible a ese Otro, en fundirse con él.

En “Viajes con Heródoto” nos relata el choque cultural que sufrió al salir de la Polonia comunista de los años sesenta, profundamente cerrada en sí misma, para hacer su primera labor de corresponsal. Aquel viaje a la India fue como un despertar para él: estaba inmerso en la Otredad, empapándose de lo que hay más allá de la patria chica. Desde entonces no dejó de recorrer el globo, acompañado siempre por un ejemplar de la “Historia” de Heródoto, que imaginamos con los años cada vez más ajada.

Libros de Kapuscinski, imagen de http://www.kasiavictor.com/ryszard-kapuscinski/

Así, de la mano del griego que también recorrió el mundo, nos traslada las revelaciones a las que llegó durante los primeros años de su profesión: la insalvable frontera del idioma para comprender una cultura, ya que una lengua es un reflejo de una forma de pensar y entender el mundo; que la libertad abre el camino a la gloria de la civilización, pues solo entonces el individuo tiene dignidad; que la brutalidad y la violencia son un recurso para la narración, pero llevan en el ADN humano desde la Antigüedad y no dejan de ser tan reales como nosotros mismos.

Lo que hacen en realidad, tanto el historiador como el reportero, es documentar la realidad: dar fe de que los hechos han ocurrido, y que han ocurrido así. No es únicamente la curiosidad por descubrir el mundo; va más allá. Lo importante es comunicar, dar a conocer. En el fondo el trabajo de ambos es el de relatar, porque no puede ser privilegio de unos pocos el haber visto qué hay más allá de mi horizonte. Ese Otro, del que no hemos dejado de hablar, en el fondo debe ser un reflejo en el que reconocernos a nosotros, o incluso llegar a comprendernos mejor.

Ahora bien, la profesión de esos pocos es ardua. Kapuscinski y Heródoto pasaron la vida viajando, dando tumbos de un lado a otro buscando respuestas a preguntas similares, trasladándose a menudo, condenados a una vida solitaria. Sin echar raíces en ninguna parte, porque dejan parte de su ser en todos los sitios a los que van, necesitan vivir en tránsito. ¿Cómo resistir sin llamar patria a ninguna parte?

¿Qué lo impele cuando, intrépido e incansable, se lanza a su gran aventura? Creo que una fe llena de optimismo —que nosotros hemos perdido hace ya tiempo— en que es posible describir el mundo.

¿Qué significa sororidad?

Es prudente decir que a estas alturas todos habremos oído en algún momento este término que, poco a poco, se ha hecho hueco en los medios de comunicación. Su normalización llevó a que en 2018 la RAE la incorporara al diccionario, una victoria para los colectivos feministas, que la enarbolan como bandera. Sororidad hace referencia a la relación de solidaridad que se crea entre mujeres para alcanzar un objetivo común: la igualdad, el empoderamiento.

Se trata de un neologismo que en realidad cubre un importante vacío léxico, y su formación imita la de el término fraternidad, de frater, hermano, pero a partir del latín soror, hermana. Su uso se extendió a partir de los años 70, con el feminismo estadounidense (en inglés, sisterhood), y llegó al español a través de la antropóloga e investigadora mexicana Marcela Lagarde, que lo tradujo con la connotación feminista que hoy todos conocemos: “Encontré este concepto y me apropié de él, lo ví en francés, ‘sororité’ y en inglés, ‘sisterhood’”.

No obstante, el término como tal ya había sido empleado por una autoridad mucho antes, si bien de forma similar, no con los matices que ha adquirido. Pocos saben que, en realidad, la palabra sororidad la acuñó Unamuno en el prólogo de La Tía Tula (1921). En él hace una maravillosa reflexión antropológica y escribe lo siguiente:

«Así como tenemos la palabra paternal y paternidad, que deriva de pater, padre, y maternal y maternidad, de mater, madre, y no es lo mismo, ni mucho menos, lo paternal y lo maternal, ni la paternidad y la maternidad, es extraño que junto a fraternal y fraternidad, de frater, hermano, no tengamos sororal y sororidad, de soror, hermana. En latín hay sororius, a, um, lo de la hermana, y el verbo sororiare, crecer por igual y conjuntamente».

Así, pone distancia entre ambos términos, como si la hermandad cuando viene de hombres y mujeres no tuviese las mismas connotaciones. Y es que, de hecho, no son iguales. Unamuno pone como ejemplo a Antígona para ilustrarlo: “Sororidad fue la de la admirable Antígona, esta santa del paganismo helénico, la hija de Edipo, que sufrió martirio por amor a su hermano Polinices, y por confesar su fe de que las leyes eternas de la conciencia, (…), no son las que forjan los déspotas y tiranos de la tierra, como era Creonte”.

Antígona y Polinices
Antígona intenta dar sepultura a su hermano Polinices

Antígona muere por dar digna sepultura a su hermano, a pesar de ser este un traidor a la polis, un fratricida, una deshonra. Sófocles nos muestra cómo una mujer se enfrenta a la ley, a la ley positiva, la ley de los hombres, porque ve que hay algo por encima de ello: una ley moral, no escrita, pero que está grabada en nuestra conciencia, para con nuestros iguales. Creonte es símbolo de civilización, de lo que es civilizadamente justo; Antígona eleva lo humano, lo “doméstico”, en palabras del autor bilbaíno.

“¿Caben civilidad y civilización donde no tienen como cimientos domesticidad y domesticación?”

Quizás en eso reside el significado más profundo de la sororidad, el que todavía se reconoce cuando se hace mención hoy en día al término: en la sensibilidad de una hermana para detectar una injusticia y solidarizarse, compadecerse, sacrificarse. Sororidad es reconocer las desigualdades y apoyarnos unas a otras para hacer prevalecer lo que es moralmente superior.