Shtisel: ley de adaptación al marco

SIN SPOILERS

Largos trajes oscuros, kipá y sombreros altos, tirabuzones que cuelgan perfectos a ambos lados de la cara. Es la imagen de jaredíes, judíos ultraortodoxos que viven en barrios cerrados y aislados del mundo moderno. Sus vidas se rigen única y exclusivamente por la Torá, entregada por Dios a su pueblo en el Sinaí, y es a su estudio a lo que se dedican en las conocidas como escuelas talmúdicas o yeshivás. En hebreo, jaredí (haredim) se traduce como “los que tiemblan ante Dios”, tan estrictamente siguen las leyes divinas.

Shulem y Nuhkem Shtisel

En el cine, se nos los muestra caricaturizados o resaltando la ausencia de libertades individuales que implica su forma de vida. Nosotros, los goyim, los miramos con el paternalismo propio del occidente laico que se ve como epítome de la civilización, que empieza a olvidar el significado de tradición y que no comprende cómo estas comunidades pueden encerrarse en sí mismas y dar la espalda al presente. Shtisel no es así.

Esta producción israelí nos enseña la vida y problemas de una familia ultraortodoxa que vive en un barrio de Jerusalén, que acepta y abraza su fe y sus normas. No juzga la religión ni la presenta como el enemigo del individuo, sino que muestra escenas costumbristas que quieren resaltar el lado humano y cotidiano de quienes viven en estas comunidades. La religión aquí funciona como marco al que se adhieren los personajes, no como una jaula de la que deseen escapar.

Escena en la que se celebra la circuncisión de un recién nacido

Lo que la hace una serie tan atractiva es que nos habla de algo tan universal como las relaciones familiares, el amor o la muerte de los seres queridos. Todo ello se tiñe de oraciones y bendiciones en hebreo, pero estas no son nunca protagonistas de la historia: son un contexto. Al principio sorprenden gestos como repetir “Bendito seas Señor, Rey del Universo, cuya palabra todo lo crea” antes de beber agua, pero uno termina obviando estos detalles y aceptándolas como las normas de un juego del que somos espectadores.

Los Shtisel son personajes muy humanos, alejados de toda representación caricaturesca, aunque sin hacer tampoco un retrato idealizado del judaísmo jaredí. No hay héroes ni villanos, solo hombres y mujeres imperfectos que cometen errores como cualquier hijo de vecino, y que tienen que hacer frente a las consecuencias de sus actos. Todo ello es mostrado con una delicadeza e intimismo conmovedores, tratado desde la ternura de los lazos familiares y a la vez cargado de símbolos que hacen que vaya más allá de los clásicos dramas televisivos.

Cada mañana, durante 38 años de matrimonio, tu madre, en paz descanse, se despertaba temprano y sacaba la mantequilla del frigorífico para que cuando yo volviese de la oración estuviese blanda y lista para comer ¿Lo entiendes?

Shulem Shtisel

En ello radica la genialidad de Shtisel, en que te hace partícipe de la vida cotidiana del Otro para ver cómo su religión se entreteje con el día a día sin juicios ni reproches. Abre una mirilla por la que espiar sus costumbres, extrañarnos o admirarnos de ellas, pero sobre todo para ver más allá de los trajes largos y tirabuzones en la sien. Las creencias y costumbres son distintas, pero la realidad es que hay constantes en la existencia humana que se dan en todas partes, tanto en grandes ciudades como en barrios ultraortodoxos de Jerusalén. Aquí lo humano se sobrepone a una determinada cultura.

Sin pretender hacer apología de nada, es vital que se comprenda la necesidad de más obras audiovisuales como estas, que nos saquen de nuestro etnocentrismo y nos sumerjan en el contexto del Otro. Del desconocimiento nacen el miedo y el odio, pero lecciones sutiles de empatía como esta pueden aportar algo para evitarlo. Y luego allá cada uno con sus conclusiones.

Bojack: el caballo es un lobo para el hombre

CON SPOILERS

La serie del caballo ha terminado, y parece que nos ha dejado un poco más huérfanos. La que ha sido, sin duda, una de las propuestas más ambiciosas y complejas de Netflix ha puesto punto final a la tragicómica historia de BoJack. Han corrido ríos de tinta desde que se estrenó el último capítulo (hace una semana escasa), y no hay mucho que no se haya dicho ya sobre la serie, pero ¿cómo no hacerlo?

BoJack no nos ha enseñado, como tal, nada que no hayamos visto en el camino de cualquier otro antihéroe cinematográfico: el hombre (o caballo) de mediana edad que lucha contra sus demonios, contra sus tendencias autodestructivas, contra sus adicciones y por el que, extrañamente, no podemos dejar de sentir compasión. Nos encanta su ambigüedad moral y su humor absurdo, su animación sencilla y ese universo en el que lo humano y lo animal se entremezcla, se confunde. Pero lo que más nos gusta, sin duda, es que consigue dar una vuelta a la perspectiva del antihéroe romantizado. Le juzgamos, a él y al resto de personajes, tan duramente como nos juzgaríamos a nosotros mismos, también porque es imposible no sentir que esta serie te pone un espejo delante de la cara.

Hay muchas cosas que podemos destacar, pero la idea que lleva acompañándonos a lo largo de sus seis temporadas es la de si, a pesar de todo, se puede uno considerar bueno. Ya se lo preguntaba BoJack en la primera temporada a Diane: Me conoces mejor que nadie. ¿Crees que es demasiado tarde para mí? Necesito que me digas que soy una buena persona. Y es que hemos recorrido con él 76 capítulos en busca de una redención que, si bien no ha terminado de llegar, tampoco es un castigo. Nadie quiere ver que no existe la salvación.

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Homo hominis lupus, pero ¿hasta qué punto es esto verdad? No siempre depende de ser o no naturalmente bueno, sino de hacia dónde diriges tus decisiones y sobre cuáles crees que van a ser sus consecuencias. El caballo se considera una causa perdida, así que se mueve por el hedonismo más puro. No es hasta la entrada en escena de Hollyhock, su hermana pequeña, cuando encuentra de nuevo un motivo para vivir su vida. Pero es entonces cuando se da cuenta de que estaba en un pozo demasiado profundo (porque perro viejo…), y que, por mucho que intente hacer algo por los demás, la situación se terminará volviendo en su contra. No había salida.

En el penúltimo capítulo de la serie, “A medio camino” (“The view from halfway down”) todos los fantasmas de BoJack discuten sobre si dar tu vida por los demás la hace valiosa, o si en realidad no es más que un acto egoísta, una forma de encontrar satisfacción. ¿De qué sirve el sacrificio? Lejos de entrar en el debate sobre el altruismo, podemos encontrar en ello la clave de su círculo vicioso. Hasta ahora, todo lo que ha hecho, bueno o malo, apuntaba a sí mismo: incluso sus intentos de cambiar y dejar de causar daño no eran más que una forma de salvarse.

Pero el final de la serie deja la puerta abierta al cambio, que no es posible nunca sin el apoyo de quienes nos rodean. Mientras el resto de los personajes -intuimos- ha encontrado su sitio en el mundo, BoJack termina en la cárcel, sin perspectivas de futuro, sin autoestima, sin un sitio donde caerse muerto cuando salga del talego. Dudamos que pueda salir de la espiral en la que parece estar enjaulado. La caja de Pandora se ha abierto, pero siempre nos queda esperar que haya algo bueno en el horizonte para nosotros, y no podemos crecer sin gente a nuestro alrededor que esté dispuesta a perdonar nuestros errores, y sobre todo, que nos hagan querer ser mejores. El hombre es un lobo para el hombre, es cierto, pues busca su propia supervivencia, pero para ser buenos necesitamos de los otros.

'BoJack Horseman'