La fábula del totalitarismo

En todo relato siempre se repiten una serie de elementos, que han pervivido desde que el ser humano es capaz de contar historias. Estos son el héroe, el antagonista y la lucha. Son el motor de la narración, lo que hace que lo estático adquiera movimiento y, como una máquina puesta a punto, haga avanzar la acción de forma trepidante. Al ser humano le gusta contar relatos, y son sin duda la mejor forma de persuadir.

Los totalitarismos del siglo XX fueron hábiles para usar estos elementos como recursos retóricos, aunque no se quedan solo en la persuasión. Un régimen en el que una persona o partido acumula todos los poderes del Estado se inmiscuye en la democracia de forma sutil y paulatina, disfrazado de otra cosa, como ocurrió en los años 20 en Italia, Alemania o en la Rusia de Lenin. Los discursos que usaban se convirtieron en herramientas de manipulación calculada, cuyos mecanismos funcionaban siempre de la misma forma: con la forma del mesianismo político.

Totalitarismo - Wikipedia, la enciclopedia libre
Las caras del totalitarismo

Tomemos el caso de la Alemania nazi. Encontraremos un país derrotado, con unos niveles de inflación con los que “el dinero había dejado de tener valor y en muchos casos hubo de procederse al pago con especie” (Comellas, 1998, p.280), y que además debía pagar una suma de 1500 millones de dólares anuales a los vencidos. Un país humillado y resentido, sumido en el paro y el hambre. Este clima de conflicto identificaba un responsable claro: el Tratado de Versalles, y por extensión Francia e Inglaterra. El liberalismo burgués de occidente y el exhausto pueblo germano; los opresores y los oprimidos. El binomio perfecto para insertar un relato épico.

En este clima de conflicto, aparece como descendiendo de los cielos un personaje fundamental: el salvador. Adolf Hitler, hijo de un aduanero de Barnau, llegó al poder de forma democrática, con 288 diputados en las elecciones de 1933, tomando este discurso victimista de opresores y oprimidos y mostrándose como la salvación de Alemania. El líder que salva a su pueblo.

¿Qué pueblo? Este elemento de la narración resulta fundamental: es en torno a lo que se sustenta la ideología del partido. En los regímenes autoritarios se diluye el límite entre partido y pueblo, se funden en un mismo ente, pero con “pueblo” no nos referimos a todos los ciudadanos alemanes. El verdadero pueblo alemán es el que define su identidad por la negación de la otredad, de aquello que no se quiere ser.

Los jóvenes, sanos, fuertes, trabajadores… esos son los elegidos para ser salvados, los que en un tímpano medieval estarían a la derecha del pantocrátor. Hitler en el centro y su ejército de hombres de pelo rubio y ojos azules a la derecha. Todo lo demás merece ser condenado, y el propio régimen sería el ejecutor de la sentencia: viejos, católicos -el nazismo era profundamente anticlerical-, gitanos, judíos.

Juicio Final. Santa Fe de Conques – La ciudad ideal
Tímpano de Santa Fe de Conques

El verdadero pueblo alemán, eugenésico, ateo y trabajador, no sabe de individuos, solo de el nosotros y la colectividad. Se comporta como un rebaño, tanto por su inconsciencia como por su carácter gregario. No se necesitan hombres cultivados, merced a las quemas de libros que todos recordamos de las películas, sino una masa informe en la que cada uno es igual de reemplazable que su vecino. Todos son uno, y nadie es él mismo.

El Fürher, amado líder que hace el voto cuasi sagrado de salvar a los suyos, no es otro que la personificación del espíritu de la colectividad. El wolkgeist del que hablaba el romanticismo alemán se convierte en otra cosa, en una fuerza inmortal que vive en el conjunto de los alemanes y se expresa mediante la dextra dei de Hitler.

alemania nazi
Mujeres y niños saludando al Führer

Ya tenemos todos los elementos del drama: nuestro héroe salvador, el enemigo al que derrotar para liberar a los suyos. Solo nos falta la lucha, la travesía por el desierto hasta alcanzar la tierra de la que mana leche y miel. El proyecto de construir una nueva Alemania desde las cenizas que había dejado la Primera Guerra Mundial culmina con la victoria del III Reich sobre los enemigos de la nación.

Alemania inicia así su camino a la guerra, mediante la industrialización, el rearme y el reclutamiento masivo. Todo lo que ponía en marcha la golpeada economía alemana y que daba a los padres la seguridad de poder mantener a sus hijos, de saber que iban a estar cuidados bajo el manto protector del Fürher, convenció a muchos de las bondades del nacionalsocialismo.

Esta es la forma en la que se monta el cuento de la manipulación, siempre los mismos elementos y el mismo final. Los populismos y el radicalismo del primer cuarto de nuestro siglo usan los mismos mecanismos, da igual que sea contra la “casta” o los “progres” porque lo esencial es mostrarse como la víctima de un opresor enemigo, y ofrecer la promesa de una salvación al alcance de la mano. Al ser humano le gusta contar relatos, porque como dice la canción “con un poco de azúcar, la píldora pasará mejor”.

Fuentes:

J. L. Comellas. (1998). Historia breve del mundo contemporáneo. Madrid: Ediciones Rialp.

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Shtisel: ley de adaptación al marco

SIN SPOILERS

Largos trajes oscuros, kipá y sombreros altos, tirabuzones que cuelgan perfectos a ambos lados de la cara. Es la imagen de jaredíes, judíos ultraortodoxos que viven en barrios cerrados y aislados del mundo moderno. Sus vidas se rigen única y exclusivamente por la Torá, entregada por Dios a su pueblo en el Sinaí, y es a su estudio a lo que se dedican en las conocidas como escuelas talmúdicas o yeshivás. En hebreo, jaredí (haredim) se traduce como “los que tiemblan ante Dios”, tan estrictamente siguen las leyes divinas.

Shulem y Nuhkem Shtisel

En el cine, se nos los muestra caricaturizados o resaltando la ausencia de libertades individuales que implica su forma de vida. Nosotros, los goyim, los miramos con el paternalismo propio del occidente laico que se ve como epítome de la civilización, que empieza a olvidar el significado de tradición y que no comprende cómo estas comunidades pueden encerrarse en sí mismas y dar la espalda al presente. Shtisel no es así.

Esta producción israelí nos enseña la vida y problemas de una familia ultraortodoxa que vive en un barrio de Jerusalén, que acepta y abraza su fe y sus normas. No juzga la religión ni la presenta como el enemigo del individuo, sino que muestra escenas costumbristas que quieren resaltar el lado humano y cotidiano de quienes viven en estas comunidades. La religión aquí funciona como marco al que se adhieren los personajes, no como una jaula de la que deseen escapar.

Escena en la que se celebra la circuncisión de un recién nacido

Lo que la hace una serie tan atractiva es que nos habla de algo tan universal como las relaciones familiares, el amor o la muerte de los seres queridos. Todo ello se tiñe de oraciones y bendiciones en hebreo, pero estas no son nunca protagonistas de la historia: son un contexto. Al principio sorprenden gestos como repetir “Bendito seas Señor, Rey del Universo, cuya palabra todo lo crea” antes de beber agua, pero uno termina obviando estos detalles y aceptándolas como las normas de un juego del que somos espectadores.

Los Shtisel son personajes muy humanos, alejados de toda representación caricaturesca, aunque sin hacer tampoco un retrato idealizado del judaísmo jaredí. No hay héroes ni villanos, solo hombres y mujeres imperfectos que cometen errores como cualquier hijo de vecino, y que tienen que hacer frente a las consecuencias de sus actos. Todo ello es mostrado con una delicadeza e intimismo conmovedores, tratado desde la ternura de los lazos familiares y a la vez cargado de símbolos que hacen que vaya más allá de los clásicos dramas televisivos.

Cada mañana, durante 38 años de matrimonio, tu madre, en paz descanse, se despertaba temprano y sacaba la mantequilla del frigorífico para que cuando yo volviese de la oración estuviese blanda y lista para comer ¿Lo entiendes?

Shulem Shtisel

En ello radica la genialidad de Shtisel, en que te hace partícipe de la vida cotidiana del Otro para ver cómo su religión se entreteje con el día a día sin juicios ni reproches. Abre una mirilla por la que espiar sus costumbres, extrañarnos o admirarnos de ellas, pero sobre todo para ver más allá de los trajes largos y tirabuzones en la sien. Las creencias y costumbres son distintas, pero la realidad es que hay constantes en la existencia humana que se dan en todas partes, tanto en grandes ciudades como en barrios ultraortodoxos de Jerusalén. Aquí lo humano se sobrepone a una determinada cultura.

Sin pretender hacer apología de nada, es vital que se comprenda la necesidad de más obras audiovisuales como estas, que nos saquen de nuestro etnocentrismo y nos sumerjan en el contexto del Otro. Del desconocimiento nacen el miedo y el odio, pero lecciones sutiles de empatía como esta pueden aportar algo para evitarlo. Y luego allá cada uno con sus conclusiones.

Apuntes del expolio de San Baudelio

En medio de la Soria fría e inhóspita, junto a una ladera a kilómetros de la población más cercana, se eleva una palmera de piedra. Es el nombre que recibe popularmente el machón central de la ermita de San Baudelio, cerca de la localidad de Casillas de Berlanga.

La apodan “monasteriolo”, pues la pequeña iglesia no mide más de apenas ochenta metros cuadrados. Conecta con una gruta excavada en la montaña. Debió ser refugio de una reducida comunidad de monjes que se tomó muy en serio aquello de fuga mundi.

Lo que más impresiona al viajero que entra en ella es su excepcional arquitectura. Bajo la tribuna, escondido, hay un diminuto bosque de columnas que imita las salas de oración de las mezquitas. Del machón central nacen ocho arcos de herradura, como ramas estirándose, que sujetan la bóveda del edificio, en una alusión al árbol del paraíso

Ermita de San Baudelio (Casillas de Berlanga) | Turismo en Soria
Imagen de sorianitelaimaginas.com

Lo más espectacular son los frescos que la revisten, o que lo harían si no estuviesen desperdigados por distintos museos del mundo. Lo único que queda ahora de esta “Capilla Sixtina” del prerrománico son apenas unas sombras. Los muros de este oasis en medio de la llanura soriana estaban revestidos con escenas del Evangelio, con motivos animales y escenas de caza que distintos autores han querido relacionar con el camino del alma y las virtudes cristianas.

La causa del desnudo

Lo cierto es que es que el expolio es un síntoma de lo que en España se ha valorado el patrimonio artístico y cultural hasta hace relativamente poco. Durante años sirvió de corrala donde guardar ovejas y hasta 1917 no fue declarada Monumento Nacional. Tanto podemos ignorar lo que tenemos.

Pronto, coleccionistas y compradores internacionales pusieron el ojo en San Baudelio. Un día de verano de 1922 se presentaron 20 vecinos de Casillas, propietarios del monasteriolo, en la Comisión de Monumentos de Soria, anunciando que habían recibido una oferta. Leon Levi, marchante de arte, había ofrecido 50.000 pesetas por los frescos.

ARTE] Así están repartidos los frescos mozárabes de San Baudelio ...
Detalle del friso inferior

A pesar de la negativa de la comisión, pronto corrió la noticia de que la venta se había realizado por cerca de 70.000 pesetas. Pronto la noticia llegó a oídos de las autoridades locales.

El 3 de julio, el capitán de la Guardia Civil de Berlanga (…) recibió la confidencia de que varios extranjeros estaban trabajando día y noche en la ermita de San Baudelio para arrancar las pinturas que decoraban sus muros interiores.

Tras el chivatazo, la benemérita se presentó de madrugada en la ermita, para encontrar efectivamente a dos de los hombres de Levi, y los muros cubiertos de lienzos. A esto siguió una persecución policial a un vehículo sospechoso que salía de Casillas, digno de película. Desafortunadamente, el coche escapó, y los muros ya habían sido despojados.

La opinión pública explotó. Se iniciaría entonces un largo proceso judicial que llegaría al Tribunal Supremo y que duraría hasta 1925, sorprendentemente, con fallo a favor del marchante. Al parecer, el despojo se había hecho al amparo de la ley, pues las Cortes consideraron que el arranque de las pinturas no suponía un deterioro del edificio, como si los frescos no fuesen parte del interés artístico e histórico de la ermita.

Lo más sangrante

Las pinturas fueron trasladadas, y de ellas solo nos quedan vestigios y siluetas. La mayoría están en museos norteamericanos, muchas en The Cloisters del Metropolitan. Pero eso no fue lo más dramático. El Gobierno permitió el escandaloso intercambio entre el Metropolitan y el Prado, por el cual se devolvían tres paneles de San Baudelio a cambio del ábside de otra iglesia segoviana, San Martín de Fuentidueña. Hoy se pueden ver los lienzos en el museo madrileño.

Tanto el expolio como el cambiazo nos hacen llevarnos las manos a la cabeza. Lo que más nos escuece es que sean hechos tan recientes ¿Cómo es posible que hayamos tardado tanto en valorar nuestro patrimonio artístico? No hablamos solo de reconocer y apreciar lo que tenemos, sino de poner medios para su cuidado y preservación. San Baudelio ahora está desnudo, y es una visión tan digna de lástima que inspiró Gerardo Diego a escribir lo siguiente:

Elaboración propia

Bibliografía: MARTÍNEZ RUIZ, M. J. “La venta y expolio del patrimonio románico de Castilla y León: el caso de las pinturas murales”. La diáspora del románico hispano: de la protección al expolio Valladolid, 2013, pp. 11-57.

El universo de Remedios Varo

Olvidada por la tierra que la vio nacer, exiliada de todas partes, opacada por los pintores del movimiento surrealista: así ha tratado la historia a una de las artistas españolas más enigmáticas y brillantes. Remedios es una de muchas pintoras que, tras décadas en segundo plano, son «descubiertas» a posteriori. Ahora, nos toca compartirla con México, que la reivindica como suya, y con razón, pues fue allí donde desarrolló gran parte de su obra y donde permanecen la mayoría de sus pinturas.

Nació en Anglès, en 1908. Fue de las primeras mujeres en ingresar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, pasando el examen con tan solo quince años. Durante los años 30 se estableció en Paris para alejarse de la guerra, acompañada de Péret, de quien se enamoraría en Barcelona. Allí se codeó y bebió de los fundadores del movimiento surrealista: el mismo Péret, Bretón, Eluard…, pero sin destacar, como también ocurriría a Leonora Carrington o Dora Maar. La crítica de arte no siempre ha sido justa con mujeres que no tenían qué envidiar a hombres de apellido con más eco.

Remedios pintando en su casa

No obstante, esta primera formación fue determinante para que empezara a desarrollar un simbolismo propio, un universo personal y un discurso visual que dista mucho de otros artistas del movimiento, y que llegará a su plenitud cuando la invasión nazi la lleve a exiliarse a México. Hay quienes, de hecho, prefieren considerarla pintora simbolista antes que surrealista.

Su estilo y lenguaje recibe muchas influencias, tanto de pintores como el Greco o el Bosco (de quienes recogerá esa atmósfera sobrenatural y las figuras estilizadas), como de sus inquietudes por la magia, el esoterismo, la alquimia y el psicoanálisis. Veremos en su obra vestigios de todas esas disciplinas, que conjugan la naturaleza con la experimentación científica, el mundo físico con lo místico.

Mujer saliendo del psicoanalista (1960)

Cada obra suya cuenta con un discurso individual, casi como si narrara un cuento o una fábula sobre la propia naturaleza humana. Aun así, hay muchos símbolos constantes, que proporcionan una unidad al conjunto de su producción, y que proceden directamente de los temas metafísicos por los que sentía debilidad.

La alquimia, por ejemplo, es una de sus principales inspiraciones. Se interesó mucho por una ciencia que, más allá de la transmutación de metales en oro, buscaba comprender los principios constitutivos del universo. En realidad, el oro simbolizaba la perfección, pero no solo a nivel químico, sino que se refería a la perfección espiritual. Lo que Varo nos relata es ese desarrollo individual, equiparable a la transformación de la materia.

Hay infinidad de símbolos, pero destacamos dos fundamentales para comprender la narrativa de sus pinturas: el viaje y la torre. Son dos caras de la misma moneda, las vías para alcanzar el conocimiento y esa plenitud anterior.

“En su imaginario pictórico, la intimidad de la torre (introversión) y la actividad viajera (extraversión) constituyen rutas paralelas que se conjugan en el conocimiento del sí mismo y del mundo”, resume Alma Barbosa.

Vemos obras protagonizadas por vagabundos, peregrinos, caminantes por caminos inhóspitos, a veces con la casa a cuesta, significando tanto la libertad como el arraigo. Ese viaje exterior es metáfora del viaje íntimo, de la introspección, que hace el individuo al crecer hasta llegar a una “perfección”. Es, no obstante, un viaje solitario y silencioso el del autoconocimiento.

No es raro ver que combine esto con la torre. Esta es a su vez metáfora del conocimiento, pues es entre las paredes de un espacio íntimo donde se puede dar rienda suelta a la creatividad, tanto para el arte como para la comprensión del mundo. Vemos torres donde se juega con los astros, con elementos de la naturaleza, con la música, con la pintura… ahí dentro se gesta el conocimiento.

Remedios moriría a los 55 años de un infarto de miocardio, habiéndonos dejado una inmensa producción, tanto en cantidad como en significado. “El surrealismo reclama toda la obra de una hechicera que se fue demasiado pronto”, escribiría Bretón tras su muerte.

Decamerón, o cómo amenizar la pandemia

Cuando más graciosísimas damas, pienso cuán piadosas sois por naturaleza, tanto más conozco que la presente obra tendrá a vuestro juicio un principio penoso y triste, tal como es el doloroso recuerdo de aquella pestífera mortandad pasada, universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza.

Así empieza la obra maestra de Boccaccio, el padre de la prosa en italiano. En 1384 Europa vivió una terrible epidemia, introducida por las ratas a través de las rutas comerciales con Asia (en este caso, no sabemos si hacían sopa con ellas) y que acabaría con cerca de un 60% de la población.

Escapando de este terrible panorama, diez jóvenes florentinos se exilian al campo, y enmarcados por este locus amoenus, se nos cuenta cómo pasan los días posteriores intentando evadirse contando cada uno un cuento al día, durante diez jornadas.

Una historia del Decamerón, «Isabella y la maceta de Albahaca», de John Everett Millais

Aunque la novedad de Boccaccio no estuvo en la imbricación de una sucesión de historias mediante un hilo conductor, sí que fue una obra innovadora. Si bien la técnica de hilar cuentos bajo un marco principal se remonta a la tradición cuentística oriental, como vemos en obras como el Calila y Dimna o el Panchatantra, que marcaron la pauta de la prosa medieval en toda Europa, el Decamerón fue una de las primeras composiciones que acuñaron el término “novela”.

En su proemio el autor se refiere a cada uno de los cuentos o fábulas que narrarán sus personajes con ese término “novelas”, de hecho, se le dará así sobrenombre a la obra (il libro delle Centonovelle), y sobre principios del S. XV se hará una traducción parcial al castellano, que hoy en día se conserva en el Escorial, titulada así: Libro de las ciento novelas que compuso Juan Bocacio de Certaldo.

Si bien el autor la usaba como sinónimo de cuento, cosa que se hizo hasta el S.XVI, lo hacía siendo consciente de lo que separaba a su obra de las recopilaciones de exempla medievales: un arte de narrar que se anteponía a la finalidad didáctica del texto.

Giovanni Boccaccio, grabado de 1822

Y es que los diez jóvenes dedicarán esos diez días de exilio a contar historias meramente por disfrute, por recreación, poniendo más bien poca atención en la faceta moralizante del cuento. Es por ello por lo que encontramos narraciones con temas que van de lo trágico a lo cómico, de lo reflexivo a lo sensual y erótico. Abundan las metáforas sexuales, los dobles sentidos, las insinuaciones… y escenas algo más explícitas.

Ahora bien, no se trata meramente de “un libro de jóvenes en celo” como lo llamaría Ernesto Filardi (recomendamos encarecidamente leer su artículo). Boccaccio tocará temas reflexivos y más espinosos, como en el cuento del judío Melquisidech, en el que se plantea la cuestión de la religión verdadera. Cuando el judío es cuestionado al respecto, tendrá el ingenio de contar otro cuento (un tercer nivel narrativo, si llevamos la cuenta, y un ejemplo claro de narración en marco) cuyo final… no vamos a desvelar.

Del Decamerón, podemos quedarnos con que, además de que es una lectura muy recomendable para estos días, durante tiempos de epidemias en los que nos ahogamos en preocupaciones y miedos, todavía hay tiempo de encontrar nuestro locus amoenus (quedándonos siempre en casa) y evadirnos como siempre ha hecho el hombre: inventando, contando, viendo y leyendo historias.

Referencias:

Kapuscinski y la otredad

El mundo está dividido, principalmente entre el nosotros y el ellos. Pero el ellos es heterogéneo, es diverso. Lo que es toca a lo que es, en palabras de Parménides, pero lo que separa una civilización de otra, una cultura de otra, es más que una línea fronteriza. Es una forma radicalmente distinta de ver el mundo y de entender al hombre, por lo que no es de extrañar que a veces haya choques.

Kapuscinski lo describe muy bien. Él era corresponsal, la que es considerada la forma más elevada (no juzgamos si justa o injustamente) de periodismo. Su profesión privilegiada, la de narrador de la historia presente, le llevó a conocer prácticamente todo el mundo, y por eso entendió perfectamente lo que significa Otredad: el que no es como yo, el que me es ajeno. El término llega incluso a cosificar a aquellos a quienes designamos, pero parece irremediable caer en algo así. Parece que solo unos pocos sienten un deseo irrefrenable de adentrarse en eso tan desconocido para intentar comprenderlo. Y Kapuscinski llama a los de esa especie reporteros.

Ryszard Kapuściński

El historiador hace una radiografía del pasado a través de materiales que, en palabras de José Luis Comellas, están “ahí”. Pero hacer historia de la actualidad es más complicado, pues es algo sobre lo que no tenemos distancia: está “aquí”. Ese es el hándicap del periodista que está obligado a hacer historia del tiempo presente. ¿Cómo tener esa perspectiva alejada? ¿Cómo evitar la distorsión que provoca estar conviviendo con los hechos? La respuesta puede estar en aproximarse lo más posible a ese Otro, en fundirse con él.

En “Viajes con Heródoto” nos relata el choque cultural que sufrió al salir de la Polonia comunista de los años sesenta, profundamente cerrada en sí misma, para hacer su primera labor de corresponsal. Aquel viaje a la India fue como un despertar para él: estaba inmerso en la Otredad, empapándose de lo que hay más allá de la patria chica. Desde entonces no dejó de recorrer el globo, acompañado siempre por un ejemplar de la “Historia” de Heródoto, que imaginamos con los años cada vez más ajada.

Libros de Kapuscinski, imagen de http://www.kasiavictor.com/ryszard-kapuscinski/

Así, de la mano del griego que también recorrió el mundo, nos traslada las revelaciones a las que llegó durante los primeros años de su profesión: la insalvable frontera del idioma para comprender una cultura, ya que una lengua es un reflejo de una forma de pensar y entender el mundo; que la libertad abre el camino a la gloria de la civilización, pues solo entonces el individuo tiene dignidad; que la brutalidad y la violencia son un recurso para la narración, pero llevan en el ADN humano desde la Antigüedad y no dejan de ser tan reales como nosotros mismos.

Lo que hacen en realidad, tanto el historiador como el reportero, es documentar la realidad: dar fe de que los hechos han ocurrido, y que han ocurrido así. No es únicamente la curiosidad por descubrir el mundo; va más allá. Lo importante es comunicar, dar a conocer. En el fondo el trabajo de ambos es el de relatar, porque no puede ser privilegio de unos pocos el haber visto qué hay más allá de mi horizonte. Ese Otro, del que no hemos dejado de hablar, en el fondo debe ser un reflejo en el que reconocernos a nosotros, o incluso llegar a comprendernos mejor.

Ahora bien, la profesión de esos pocos es ardua. Kapuscinski y Heródoto pasaron la vida viajando, dando tumbos de un lado a otro buscando respuestas a preguntas similares, trasladándose a menudo, condenados a una vida solitaria. Sin echar raíces en ninguna parte, porque dejan parte de su ser en todos los sitios a los que van, necesitan vivir en tránsito. ¿Cómo resistir sin llamar patria a ninguna parte?

¿Qué lo impele cuando, intrépido e incansable, se lanza a su gran aventura? Creo que una fe llena de optimismo —que nosotros hemos perdido hace ya tiempo— en que es posible describir el mundo.

Bojack: el caballo es un lobo para el hombre

CON SPOILERS

La serie del caballo ha terminado, y parece que nos ha dejado un poco más huérfanos. La que ha sido, sin duda, una de las propuestas más ambiciosas y complejas de Netflix ha puesto punto final a la tragicómica historia de BoJack. Han corrido ríos de tinta desde que se estrenó el último capítulo (hace una semana escasa), y no hay mucho que no se haya dicho ya sobre la serie, pero ¿cómo no hacerlo?

BoJack no nos ha enseñado, como tal, nada que no hayamos visto en el camino de cualquier otro antihéroe cinematográfico: el hombre (o caballo) de mediana edad que lucha contra sus demonios, contra sus tendencias autodestructivas, contra sus adicciones y por el que, extrañamente, no podemos dejar de sentir compasión. Nos encanta su ambigüedad moral y su humor absurdo, su animación sencilla y ese universo en el que lo humano y lo animal se entremezcla, se confunde. Pero lo que más nos gusta, sin duda, es que consigue dar una vuelta a la perspectiva del antihéroe romantizado. Le juzgamos, a él y al resto de personajes, tan duramente como nos juzgaríamos a nosotros mismos, también porque es imposible no sentir que esta serie te pone un espejo delante de la cara.

Hay muchas cosas que podemos destacar, pero la idea que lleva acompañándonos a lo largo de sus seis temporadas es la de si, a pesar de todo, se puede uno considerar bueno. Ya se lo preguntaba BoJack en la primera temporada a Diane: Me conoces mejor que nadie. ¿Crees que es demasiado tarde para mí? Necesito que me digas que soy una buena persona. Y es que hemos recorrido con él 76 capítulos en busca de una redención que, si bien no ha terminado de llegar, tampoco es un castigo. Nadie quiere ver que no existe la salvación.

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Homo hominis lupus, pero ¿hasta qué punto es esto verdad? No siempre depende de ser o no naturalmente bueno, sino de hacia dónde diriges tus decisiones y sobre cuáles crees que van a ser sus consecuencias. El caballo se considera una causa perdida, así que se mueve por el hedonismo más puro. No es hasta la entrada en escena de Hollyhock, su hermana pequeña, cuando encuentra de nuevo un motivo para vivir su vida. Pero es entonces cuando se da cuenta de que estaba en un pozo demasiado profundo (porque perro viejo…), y que, por mucho que intente hacer algo por los demás, la situación se terminará volviendo en su contra. No había salida.

En el penúltimo capítulo de la serie, “A medio camino” (“The view from halfway down”) todos los fantasmas de BoJack discuten sobre si dar tu vida por los demás la hace valiosa, o si en realidad no es más que un acto egoísta, una forma de encontrar satisfacción. ¿De qué sirve el sacrificio? Lejos de entrar en el debate sobre el altruismo, podemos encontrar en ello la clave de su círculo vicioso. Hasta ahora, todo lo que ha hecho, bueno o malo, apuntaba a sí mismo: incluso sus intentos de cambiar y dejar de causar daño no eran más que una forma de salvarse.

Pero el final de la serie deja la puerta abierta al cambio, que no es posible nunca sin el apoyo de quienes nos rodean. Mientras el resto de los personajes -intuimos- ha encontrado su sitio en el mundo, BoJack termina en la cárcel, sin perspectivas de futuro, sin autoestima, sin un sitio donde caerse muerto cuando salga del talego. Dudamos que pueda salir de la espiral en la que parece estar enjaulado. La caja de Pandora se ha abierto, pero siempre nos queda esperar que haya algo bueno en el horizonte para nosotros, y no podemos crecer sin gente a nuestro alrededor que esté dispuesta a perdonar nuestros errores, y sobre todo, que nos hagan querer ser mejores. El hombre es un lobo para el hombre, es cierto, pues busca su propia supervivencia, pero para ser buenos necesitamos de los otros.

'BoJack Horseman'

¿Qué significa sororidad?

Es prudente decir que a estas alturas todos habremos oído en algún momento este término que, poco a poco, se ha hecho hueco en los medios de comunicación. Su normalización llevó a que en 2018 la RAE la incorporara al diccionario, una victoria para los colectivos feministas, que la enarbolan como bandera. Sororidad hace referencia a la relación de solidaridad que se crea entre mujeres para alcanzar un objetivo común: la igualdad, el empoderamiento.

Se trata de un neologismo que en realidad cubre un importante vacío léxico, y su formación imita la de el término fraternidad, de frater, hermano, pero a partir del latín soror, hermana. Su uso se extendió a partir de los años 70, con el feminismo estadounidense (en inglés, sisterhood), y llegó al español a través de la antropóloga e investigadora mexicana Marcela Lagarde, que lo tradujo con la connotación feminista que hoy todos conocemos: “Encontré este concepto y me apropié de él, lo ví en francés, ‘sororité’ y en inglés, ‘sisterhood’”.

No obstante, el término como tal ya había sido empleado por una autoridad mucho antes, si bien de forma similar, no con los matices que ha adquirido. Pocos saben que, en realidad, la palabra sororidad la acuñó Unamuno en el prólogo de La Tía Tula (1921). En él hace una maravillosa reflexión antropológica y escribe lo siguiente:

«Así como tenemos la palabra paternal y paternidad, que deriva de pater, padre, y maternal y maternidad, de mater, madre, y no es lo mismo, ni mucho menos, lo paternal y lo maternal, ni la paternidad y la maternidad, es extraño que junto a fraternal y fraternidad, de frater, hermano, no tengamos sororal y sororidad, de soror, hermana. En latín hay sororius, a, um, lo de la hermana, y el verbo sororiare, crecer por igual y conjuntamente».

Así, pone distancia entre ambos términos, como si la hermandad cuando viene de hombres y mujeres no tuviese las mismas connotaciones. Y es que, de hecho, no son iguales. Unamuno pone como ejemplo a Antígona para ilustrarlo: “Sororidad fue la de la admirable Antígona, esta santa del paganismo helénico, la hija de Edipo, que sufrió martirio por amor a su hermano Polinices, y por confesar su fe de que las leyes eternas de la conciencia, (…), no son las que forjan los déspotas y tiranos de la tierra, como era Creonte”.

Antígona y Polinices
Antígona intenta dar sepultura a su hermano Polinices

Antígona muere por dar digna sepultura a su hermano, a pesar de ser este un traidor a la polis, un fratricida, una deshonra. Sófocles nos muestra cómo una mujer se enfrenta a la ley, a la ley positiva, la ley de los hombres, porque ve que hay algo por encima de ello: una ley moral, no escrita, pero que está grabada en nuestra conciencia, para con nuestros iguales. Creonte es símbolo de civilización, de lo que es civilizadamente justo; Antígona eleva lo humano, lo “doméstico”, en palabras del autor bilbaíno.

“¿Caben civilidad y civilización donde no tienen como cimientos domesticidad y domesticación?”

Quizás en eso reside el significado más profundo de la sororidad, el que todavía se reconoce cuando se hace mención hoy en día al término: en la sensibilidad de una hermana para detectar una injusticia y solidarizarse, compadecerse, sacrificarse. Sororidad es reconocer las desigualdades y apoyarnos unas a otras para hacer prevalecer lo que es moralmente superior.